¿Por qué fallamos tanto los economistas?

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¿Por qué fallamos tanto los economistas?

La Economía es fácil, pero no lo parece. Quién la hace difícil somos los economistas. Tenemos tres principales inconvenientes: un exceso de ideología, creemos que el futuro es casi siempre una repetición del pasado y somos excesivamente prudentes.
La ideología nos nubla la mente y nos confunde. Nos hace creer que cada problema tiene diversas soluciones, cuando en la mayoría de las ocasiones sólo posee una. Así, en la crisis del 29, la ideología liberal retrasó considerablemente la salida de la recesión, al impedir que una gran reducción de la demanda de bienes del sector privado fuera rápidamente compensada por un aumento de la del sector público. Había un dogma de fe: el Estado no debía intervenir en Economía. Con su ruptura, empezó la salida de la crisis.
.Indudablemente, la ideología es importante, pero no para resolver los problemas sino para determinar sobre quiénes recae principalmente los costes que comporta la solución adoptada. Una basada en una subida de impuestos perjudica más a las rentas bajas si el aumento afecta en mayor medida a los tributos indirectos (por ejemplo, el IVA) que a los directos (como el IRPF).
El pasado es nuestra referencia, más que la observación del presente. Pensamos que las novedades casi no existen y que los libros de historia nos proporcionaran la solución a los problemas de la actualidad. Esta creencia ha hecho que algunas veces las medidas establecidas hayan servido para generar un largo estancamiento económico, en lugar de proporcionar una satisfactoria salida de la recesión. En 1973, una crisis de oferta no fue inicialmente diagnosticada como tal, debido a que todas las anteriores habían sido de demanda. Por tanto, la solución adoptada fue la de siempre. El resultado: la inflación continuó siendo elevada y el desempleo excesivo.
Numerosas veces decimos que la prudencia guía nuestras decisiones. No decimos la verdad. Tenemos miedo a equivocarnos y esperamos que el problema se resuelva sólo. Vendemos a la opinión pública como sensatez lo que es únicamente inacción. No sólo debemos acertar con las soluciones, sino que las debemos adoptar en el momento correcto. Un caso claro de medidas tardías lo ejemplifica Japón en la década de los 90.  Para salir de la crisis generada por el estallido de una burbuja bursátil e inmobiliaria, se bajó el tipo de interés al 0%, el gasto del Estado creció extraordinariamente y se inyectó dinero público en algunos bancos para aumentar el crédito. Todas estas medidas fueron correctas, pero llegaron tarde. Conclusión: una década perdida.
El mejor aliado de los economistas es la suerte. En Economía, importa y mucho. Un buen ejemplo es Rato entre 1996 y 2004. Tuvo fortuna, fue listo y la aprovechó. Espero que el nuevo ministro de Economía del PP la vuelva a tener. La necesitamos.

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